Felipe Sanchez

Por Felipe Sánchez

Profesor de Matemáticas Financieras en EDEM

Febrero 2019

Les voy a confesar un secreto: no sé nada de mecánica. Incluso podría definirme como un analfabeto mecánico. Así que, cuando mi coche hace un ruidito, el llevarlo al taller se convierte una experiencia muy preocupante para mí. Sencillamente, porque al final, el mecánico, investido de toda su autoridad, dictará sentencia del estilo de “esto es cuestión de la correa de transmisión y serán 1.000 euros”.

En ese punto yo no tengo réplica, básicamente, porque no tengo los conocimientos que tiene la otra parte. A esta situación se la conoce en economía como “asimetría de la información” y fue apuntada ya en 1970 por el profesor George Akerloff, para mostrar el desequilibrio de poder negociador que se daba en las transacciones.

Bien, si ahora nos centramos en cuestiones bancarias y financieras cotidianas, como la renovación de un depósito a plazo, la contratación de una hipoteca o la financiación de la compra de un vehículo, entenderemos que el desarrollo de este tipo de transacciones también puede acarrear para los ciudadanos momentos de preocupación e incluso de angustia, por esa misma causa.

Es decir, por su desconocimiento de una serie de competencias financieras básicas. De hecho, como expuso en mayo de 2018 Sebastián Albella, presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), el regulador está inquieto porque se cuestiona si la población española “cuenta con los conocimientos necesarios para interactuar con entidades financieras y entender los diferentes productos”.

Ciertamente, la Global Financial Literacy Survey (Encuesta Global de Conocimientos Financieros), arroja unos datos desoladores para España: un 51 % de los españoles no tiene conocimientos básicos en finanzas ni sabe distinguir entre IPC y PIB. Un 50,6 % no sabe qué es ni que significa cada concepto, y otro 55,2 % los confunde.

Datos que concuerdan con la Encuesta de Competencias Financieras impulsada por el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores, pues en ella se muestra que solo el 46% conoce lo que es el tipo de interés compuesto, y solo el 49% la idea de diversificar el patrimonio. Este analfabetismo financiero conlleva costos significativos. En términos generales, los consumidores con menores conocimientos son los que ahorran menos, acumulan mayores cantidades de deuda y los que, además, pagan más por ella, tanto en tipos de interés como en comisiones.

Por ejemplo, financiándose en exceso con sus tarjetas de crédito o con servicios financieros alternativos (Lusardi y Tufano, 2015; Stango y Zinman, 2009). Aunque, lo que resulta sorprendente es que las nuevas generaciones de millennials con estudios universitarios, también muestran una baja formación financiera, lo que les conduce a cometer estos mismos errores (de Bassa Scheresberg y otros, 2014).

Visto el diagnóstico, la solución pasaría porque los ciudadanos trataran de obtener una mejor educación financiera, pues sus beneficios potenciales son múltiples. Así, las personas con fuertes habilidades financieras hacen una mejor planificación de sus ingresos y ahorran para la jubilación (Lusardi y Mitchell, 2014). Igualmente, es más probable que diversifiquen el riesgo mediante la distribución de sus ahorros entre varias empresas o fondos de inversión (Abreu y Mendes, 2010).

Además, como profesor de Matemáticas Financieras en Edem, me complace comprobar que la literatura científica apunta a que los alumnos que cursan esta asignatura asumen menores deudas, ahorran más y presentan una mora más reducida (Brown et al., 2016).

Por último, hay que señalar que, aunque centros como Edem ofrecen una amplia y profunda gama de formación financiera a través de sus cursos de grado y posgrado, cualquier ciudadano puede conectarse al portal de Finanzas para Todos (http://finanzasparatodos.es/); una web creada por la CN- MV y el Banco de España dentro de un Plan de Educación Financiera desarrollado a partir de las recomendaciones de la OCDE.

En él encontrarán algunas informaciones básicas sobre cómo llegar a fin de mes, la economía en las etapas de la vida e, incluso, un kit financiero de supervivencia. Porque, como dijo en 2011 Ben Bernanke, expresidente de la Reserva Federal de EE.UU.: “En nuestro dinámico y complejo mercado financiero, la (mejora de la) educación financiera debe ser un objetivo de por vida, que permita a los consumidores de todas las edades y posiciones económicas mantenerse en sintonía con los cambios en sus necesidades y circunstancias financieras, para aprovechar los productos y servicios (financieros) que mejor cumplan con sus objetivos”.

*Articulo publicado originalemente en Economía3 en noviembre de 2018

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