Helena Bouza

Por Helena Bouza

Departamento de Relaciones Internacionales de EDEM

03 abril 2019

Partamos de la premisa de que vivir una experiencia internacional es una buena forma de generar valor para uno mismo, aunque hablemos de bienes intangibles. Y sometámosla a deterioro.

No sé qué vais a buscar por ahí por el mundo, si no hay nada más bonito que esto” decía mi abuela. Puede, pero seamos científicos: ¿cómo puedo comparar algo que no conozco?

No pienso que la idea de mi abuela sea algo anacrónico, al revés. Recientemente, volviendo de Marruecos, una de mis amigas me dijo: me encanta viajar porque ves cosas, pero sabes que luego vuelves a casa.

Bien, me sirve como argumento: necesitamos ver otras culturas, otras religiones, otras formas de comer, de ver el mundo, de vivir… para valorar lo que tenemos. O lo que tenemos que mejorar. Razón número uno.

Y hoy es fácil hacerlo. El desarrollo de los medios de transporte, la democratización de los vuelos e incluso la investigación en nuevas tecnologías (guiño, guiño, Zeleros) hacen que el mundo esté hiperconectado y que en cuestión de horas podamos estar en otro hemisferio.

Ese desarrollo se basa en la demanda y esta, en el valor que genera al consumidor. Y eso es viajar, ni más ni menos: hacer de ti mismo una persona con mayor valor añadido.

Tú con un extra de cultura, tú con un extra de madurez, tú con un extra de apertura, tú con un extra de historia. Tú ganando al Trivial porque esto te lo sabes de cuando viviste seis meses en Tel Aviv.

Jóvenes en el paseo marítimo de Tel Aviv

Jóvenes en el paseo marítimo de Tel Aviv

Tú espabilado. Salvo que seas Serena Van der Woodsen y puedas permitirte vivir en la suite de un hotel, buscar casa será (sí o sí) un reto que te volverá ágil. Verás que (puede que por primera vez en tu vida) no hay oferta que encaje con tu demanda y… ¡que empiecen los juegos del hambre!

Incluso me atrevería a decir que te conviertes en un tú más listo. Está demostrado que el procesamiento de experiencias novedosas favorece la neurogénesis (proceso de regeneración neuronal) y no se me ocurre mejor forma de vivir algo nuevo que enfrentarte a la vida en el extranjero.

Pero, sobre todo, tras vivir una experiencia internacional, te encontrarás con un tú mucho más auténtico, un tú que se conoce mejor. Lo desarrollo:

Cuando sales de tu entorno, para viajar, vivir en otro sitio, o con cualquier excusa que implique poner el pie en otro lugar, aprendes a priorizar y darte cuenta de qué cosas necesitas en la vida y cuáles no. Es parecido a viajar en el tiempo: ves sociedades más avanzadas y piensas que eso pronto llegará a Valencia; o te encuentras con otros países menos desarrollados y te imaginas la España de los 50. Y quién es más feliz ¿ese ejecutivo de Canary Wharf o el dueño de un puesto de agua de coco en Zanzíbar?

Con esto no quiero envenenar la ambición de nadie, cada uno encuentra su alter ego en diferentes escenarios y (casi) todos son muy lícitos. Pero, insisto, cuanto más vivas fuera, más amplio será el catálogo para comparar el tipo de vida que quieres vivir y más certera será tu decisión.

Y aquí no hay límites. Ya no eres el hijo de nadie, ni el sobrino, ni el nieto… Nadie te va a juzgar si te apetece ir al cine solo, si vas a la iglesia el domingo no será por tu abuela y no te dará vergüenza tirar la basura en pijama. Porque ahí fuera, nadie espera nada de ti. Eres un libro en blanco y lo que cuente la tinta de tus hojas, será lo que a ti te dé la gana.

A estas alturas estaréis pensando que me olvido de algo obvio y fundamental: el idioma. Pues bien, es intencionado. Tenemos la suerte de ser nativos de la segunda lengua más hablada del mundo y, en consecuencia, vivir en el extranjero no siempre conlleva aprender un nuevo idioma. Y que nadie me malinterprete, no le quiero restar importancia a algo tan fundamental como el bilingüismo o, si me apuras, el poliglotismo; pero creo que el hecho de no aprender un idioma no impide aprovechar la experiencia y el aprendizaje personal. Si además aprendo francés, un maravilloso “beneficio colateral” que me llevo y razón numero trescientos cuatro.

También podría hablar de estómagos felices, pero como “para gustos colores (y sabores)” me decanto por algo más objetivo y tiro de refranero: “Amigos, hasta en el infierno.”

Este verano tengo una boda en Sri Lanka, un amigo de allí que conocí viviendo en Reino Unido, donde él estudiaba en la Universidad. Menos documentales de La 2 y más ver las cosas con tus propios ojos. Tocar, oler, vivir.

Anecdótico sí, pero extrapolable a muchos otros ámbitos. Agradecerás haber hecho amigos en tu estancia en Chile cuando emprendas y quieras entrar en el mercado de Latam. O serás tú el que eche un cable a ese colega que conservas de aquel verano en el que estudiaste inglés en Australia y ¡qué satisfacción!

Cada país tiene su puerta y sus ciudadanos la llave. Razón número cuarenta y ocho.

En fin… podríamos hacer una lista infinita de las bondades de vivir una experiencia internacional, a nivel personal, curricular o profesional. Yo prefiero que cada uno haga la suya. La gente os dirá “aquí no vayas que es feo”, “allá no que es peligroso”, bla, bla, bla… ¡Mentira vil! Todos los destinos son buenos y todos suponen un reto, siempre que tengas claro qué meter en el equipaje: los miedos y prejuicios déjalos en casa, el sentido común siempre en la maleta de mano.

Para los que ya os fuisteis, para los que no, para los que es la primera vez fuera, para los que vais y venís y ya no sabéis de dónde sois: solo hay una vida y vivirla lleva tiempo. ¿Mi opinión? Dedicar una etapa (o dos o tres) a vivir fuera es una inversión sin riesgo. Vale, es una apuesta: puede que te vayas a la Costa Azul y vivas una historia de amor a lo Rainiero y Grace Kelly o puede que viajes a Islandia con tu mejor amig@ y volváis sin hablaros.

Pero hay algo seguro: crecerás (y no a lo alto).

 

«Society”, canción de Eddie Vedder. B.S.O película “Into the wild” (2007)